Llevaba unos días bastante rara en los que no hacía más que pensar que quedaba ya poco para conocerte. Salía de cuentas el día 12, pero algo en mí me decía que iba a ser antes. De hecho, el día 2 habíamos estado en una boda y notaba cosas muyyyyyyyyyy raras. Pero claro, es lo que tiene ser novata, hija, que una no sabe muy bien..

parto de Aldara

El día 4 de septiembre me acosté temprano, sin tener muy claro si esa noche iba a poder dormir o no, porque llevaba ya un tiempo en que el sueño se me resistía. Estaba de suerte; caí en la cama como un lirón. Teniendo en cuenta que llevaba cosa de un mes durmiendo a saltos, con muchísimo insomnio, aquello fue una bendición para mí, que estaba agotada. Síntomas, ninguno, nada hacía prever lo que estaba por venir.

A eso de las tres de la mañana, un dolorcillo me hizo despertarme. Medio dormida fui ¡ingenua de mí! a
tomarme un pequeño calmante, un paracetamol, porque la sensación era como de dolor de regla. Como no podía dormirme, estuve leyendo un rato. Sobre las cinco los dolores seguían sin ser intensos, ni regulares, pero ya me mosqueaban y empecé a apuntarlos. Resulta que eran cada cuarto de hora, más o menos!

Papá se despertó a las 5,30 de la mañana; no estaba muy cómodo en el sofá. Es que como yo dormía tan mal necesitaba espacio y de vez en cuando se marchaba el pobre ahí para no molestarme, en las raras noches en las que dormía bien.

Soy tremenda para todo, y para esto no iba a ser menos. Como aquello era algo muy espaciado, y no dolía tan apenas, con dos narices le dije “cariño, creo que estoy de parto, pero no te preocupes, esto creo que va para largo. Tú te vas a trabajar y yo me tomo un café con Mariangel (una amiga que vive puerta con puerta y que tenía la mañana libre) por la mañana y nos acercamos al ginecólogo por si acaso”. Yo me monté mi película, porque tenía la sensación de que aquello iba para largo. ¡Qué equivocada estaba!

Tu padre me dijo “vale yo me voy a dormir un poco” (!) Apenas un rato más tarde, tenía claro, que ni café, ni marchar a trabajar, que estaba MUY de parto. ¡Pero es que hasta ese día no había tenido ni una contracción dolorosa ni media, y de las de Brackton-Hicks, poquitas! Las contracciones eran cada 6-8 minutos y cada vez que me venía una tenía unas ganas locas de ir al baño y de vomitar. Así que pasé ese rato en un sitio tan poco glamouroso como nuestro baño. Te ereías, pero era donde mejor estaba. Sentada, con las piernas abiertas, sentía menos dolor (aunque he de decir que era bastante soportable), y tenía a mano la bañera donde poder vomitar. Sobre todo creo que era importante la postura, puesto que la gravedad no tenía impedimentos en hacer que bajaras.

A las 7 me decidí a llamar a la matrona, Teresa, un encanto de mujer. Me dijo que, vista la poca frecuencia que a las 9 tenía que provocar un parto en una clínica y que nos acercáramos. Que si me encontraba peor que le llamara. Así que me senté en el sofá de casa, con una palangana cerca a ver las noticias. Tu padre se estaba poniendo nerviosísimo, yo en cambio estaba bastante tranquila. En cada contracción te cantaba los cinco lobitos, la canción que nos había acompañado durante todo el embarazo y que te cantaba cuando estabas en mi tripita.

Durante todo el embarazo había leído mucho sobre los partos y las prácticas médicas habituales. Me daban terror los protocolos, la oxitocina por sistema, el obligarte a estar tumbada pese a que no es lo más recomendable, las monitorizaciones internas en las que clavan un electrodo a la cabecita del bebé… Siempre he sido muy de Escarlata O’Hara y su técnica de “ya lo pensaré mañana”, pero tenía claro que yo quería apurar y llegar lo más tarde posible para minimizarlo, así que aguanté como pude hasta las 8:30. El dolor iba y se venía, pero podía soportarlo bien gracias a las respiraciones y sobre todo, gracias al convencimiento de que pronto ibas a estar con nosotros.

Cuando llegó la hora de marchar, le dije a papá que fuéramos deprisa, más que nada porque tu papá es bastante tranquilo como sabrás y el coche es un sitio muy incómodo. Ese ratito fue el peor porque no encontraba como colocarme, y cada vez iban más rápido las contracciones. ¡No podía parar de vomitar! Luego con el tiempo, he leído que “parto vomitado, parto terminado”, así que mira tú, que estuve todo el rato así…

Tuvimos una de bombero porque tu padre, atacado de los nervios como estaba, pretendía dejarme a unos metros de la entrada de la clínica. Entonces salió la niña del Exorcista que llevo dentro y le grité que no, que estaba de parto y que me dejara en la puerta. Él se fue a aparcar y me dejó ahí, así que subí donde había quedado con la matrona, un área de control en la planta 2. Ella no estaba, pero estaba otra que tal cual me vio, con el barreño y todo se imaginó que estaba muy avanzada y se puso a buscarla como una loca. Yo mientras esperaba al lado de los ascensores junto a una pareja que iba a monitores y que me miraban con cara de susto.

Cuando por fin apareció mi matrona, ¡bendita sea! nos bajamos a toda velocidad a una habitación. Cuando me exploró resultó que estaba dilatada de 6 cms, una auténtica barbaridad. En mi inocencia le dije a papá “me parece que no llegamos a la hora de comer”. Cómo le miraría la matrona que me dijo “cariño, creo que no llegas ni al vermut”. Ahí sí que me dolía de verdad, porque entre que estaba muy dilatada y que estaba realmente incómoda tumbada, no sabía como ponerme. Le pregunté “¿Pueden ponerme la epidural?” y me miró con cariño y me dijo “Sí, sí, ahora mismo”. Te lo prometo, oí trompetas celestiales literalmente. Luego me he enterado de que mi dilatación estaba tan avanzada que en la mayoría de los hospitales no me hubiesen puesto la epidural porque no me quedaba nada.

En seguida vino un camillero que me bajó al paritorio donde vino el anestesista. Fue ponerme la epidural y dejar de vomitar y de sentir dolor. ¡Era maravilloso! Era consciente de todo salvo del dolor. Como estaba como estaba, ni gorro, ni enema, ni ingreso, ni nada de nada. ¡Es que no daba tiempo! De hecho parí sin haber estado ni registrada en el hospital.

Estabas un poco arriba, así que me tuvieron un rato de lado a ver si bajabas. Yo estaba tan a gusto, y llevaba tantos días durmiendo tan mal, que directamente me dormí, tan bien estaba. Me miró la matrona, por segunda vez, y ya había dilatado hasta 9 centímetros ¡pero si no quedaba nada, y llevaba en el hospital apenas una hora! Me fue a romper la bolsa, y resultó que en algún momento que desconozco había roto aguas yo sola sin enterarme. Qué tremenda.

Entre tanto vino la ginecóloga, Patricia, ya que mi doctora estaba de vacaciones y no pudo venir. ¡Ya estaba! ¡Ya venías! Me pasaron al potro y tuve que empujar cuatro o cinco veces para que al fin el milagro se produjera.

Eran las 11:40 de la mañana y al fin te conocía. Eras un paquetito precioso, con los ojos muy abiertos, y yo me enamoré de ti. Desde entonces eres mi luz y no me acuerdo de cuando no estabas. La felicidad debería llevar tu nombre, Aldara, mi amor.

PARA LAS QUE TODAVÍA NO HABÉIS PASADO POR ELLO

Dar a luz es una de las experiencias más brutales que viviréis en vuestra vida. Yo tuve la inmensa suerte de tener un parto muy breve y llevadero, pero aunque no hubiese sido así, estoy segura de que el torrente de emociones que te embarga cuando te entregan a tu bebé tiene que compensar todo lo pasado. Un embarazo dura 9 meses, en los que dedicas mucho tiempo a pensar en cómo será tu bebé, lo que te espera, si sabrás hacerlo bien… pero pese a las patadas, pese a la sensación de estar embarazada y de querer con toda tu alma a lo que llevas dentro sin conocerlo, no es nada comparado con la sensación de TENERLA ahí. De que ese ser tan pequeñito, tan perfecto (tiene manos, boca, orejas, de todo), es tuyo, lo has hecho tú, y sobre todo, depende de ti absolutamente para todo.

Es una sensación enorme de felicidad y de abrumamiento también. Porque todo lo desconocido, todo lo que no sabemos, per se da miedo, y máxime cuando la ves ahí tan indefensa y chiquitita.

En el paritorio, sin embargo, la sensación es un poco encontrada. Yo me sentí muy cómoda y muy a gusto, y no tengo ninguna queja del equipo que me atendió, al contrario. Pero en ese momento eres un coctel molotov de hormonas y a algunas les da por llorar y en mi caso se convirtió en una sensación de euforia total. Lo había hecho. Lo había conseguido. Pero es raro. Te dan a tu hija, apenas ha nacido, y te resulta rara porque jamás se parece a nada de lo que has imaginado. No es rechazo, es una sensación rara de ¿pero esto es mío? ¿en serio que me la podré llevar cuando me vaya? ¿saben lo que hacen?.

Luego me sentí mal porque ni siquiera había llorado. Estaba increíblemente feliz, y a mí me dio por reírme como una loca, darle las gracias a todo el mundo y echarle besos hasta al camillero. Pero claro, luego lo piensas y es normal. Había sido todo tan rápido, tan fácil, que no había tenido ni tiempo de hacerme a la idea de que iba a ser madre YA. Así que yo salí del paritorio como en una nube, completamente inconsciente de que ya no era “una chica” sino que era “una madre”.

Si no habéis dado a luz os sorprenderá que considere rápido un parto como el mío que desde la primera contracción que yo identifiqué como tal (a las 5) hasta que di a luz (a las 11,40, y podría haber sido antes) duró 6 horas y media. Apenas dos en el hospital. ES RÁPIDO. No tanto por comparación con otros partos de horas y horas, sino más bien por lo rapidísimo que se pasa. Primero tardas un rato en saber si eso es realmente parto-parto o más bien una falsa alarma. Ya os digo, que yo de primeras, me organicé la mañana tranquilamente. Cuando empiezas a tener contracciones en serio, pasas un rato intentando controlarlas medianamente. Entre que te duchas (algo muy recomendable, por cierto), coges las cosas, y te vas, pasa otro rato. Y luego en el hospital, como ya te ves en faena, pues a lo que te quieres dar cuenta ya estás con la enana en los brazos. El tiempo, las horas pasan mucho más deprisa en un parto. Y claro, en el mío en el que tuvieron que correr bastante, pues más aún.

Os preguntaréis cómo es el dolor. La pregunta que te haces cuando estás de 30 y muchas semanas es ¿sabré distinguir una contracción de verdad de una de las falsas? la respuesta es un sí radical: lo sabes. Tal vez no las primeras, pero luego es un poco inevitable. En las clases de preparación al parto te cuentan que son como una campana de Gauss y efectivamente así son. Empiezan de manera muy leve (yo lo sabía), va creciendo hasta que llega a su punto álgido en el que duele bastante y luego, remiten. Yo sabía cuando iban a remitir porque indefectiblemente vomitaba. Así que vomitar era casi un alivio porque sabía que se acababa. En total, unos 40 segundos, más o menos, un minuto a lo sumo.

Si habéis tenido dolores de regla fuertes, como es mi caso, os diré que yo cambiaría esos dolores por los de parto en la mayoría de las ocasiones. No porque duela menos, que no es verdad, duele más en su punto de inflexión, sino porque son mucho más llevaderas. El dolor de regla es sordo, está ahí mucho rato, no sabes como ponerte, te retuerces y hasta lloras de impotencia porque no te ves capaz de soportarlo. El de parto es sonoro. Es un dolor intenso, que nace de tus entrañas, pero es infinitamente más llevadero. Primero, porque tiene principio y tiene fin, y realmente sólo es muy doloroso unos segundos. Sabes que va a pasar y acabarse. Y cuando se termina, es como si no hubieses tenido una contracción jamás. Yo estaba completamente de campo y playa entre contracción y contracción. Y segundo, y quizás más importante, sabes que tiene una recompensa. Así que se soporta mucho mejor. Es un dolor muy animal, muy personal, es más, a mí me gustaba estar sola. Aunque suene raro, llega un momento que incluso lo disfrutas, porque sabes que cada contracción es un segundo menos para ver a tu bebé. Es algo muy íntimo.

Por eso, me alegré mucho de dilatar en mi casa, porque pude hacerlo como quise, según lo que me pedía el cuerpo. En un hospital, estás rodeada de gente, de médicos que vienen y van, de gente que te mete mano, de tu marido, de la familia, vamos, que aquello es lo menos íntimo que existe. No es una cuestión de vergüenza, porque en ese momento es lo que menos te importa, sino de que no es lo que quieres. Así que volveré a hacer lo mismo en el siguiente parto.

Por otro lado, está mi terror a la oxitocina. Para los que no lo sepáis, la oxitocina es la hormona que segrega el cuerpo en el momento del parto, la que le dice al cuerpo que ya está preparado, vamos a ello, la que hace que reconozcas al bebé como tuyo y te enamores de él. También la que ayuda a que los pechos comiencen a segregar leche para alimentarlos. Está esta oxitocina, que es la natural, y luego está la sintética. Yo lo he vivido, así que no puedo hablar en primera persona, pero cuando te pinchan oxitocina sintética en vena, algo que muchos hospitales hacen por sistema, por protocolo, dicen que las contracciones son brutales. Así si las naturales son como una campana de Gauss, las producidas por la oxitocina sintética son una recta que sube en picado, un buen rato en el punto máximo del dolor, y luego una brusca caída. Algo muchísimo más insoportable y que hace que se tenga que recurrir a la epidural para poderlo sobrellevar, porque si no es agotador.

Yo no es que sea especialmente fan del parto natural, a pelo, en casa, etc. De hecho, fui yo la que pedí la epidural, y la que casi besa al anestesista que se la puso. No dudo de que hubiese sido capaz de aguantar sin ella, porque una hora mala la pasa cualquiera, pero no le veía el aquel a sufrir tontamente. Ahora bien. No me gusta demasiado el sistema español aplicado al parto. Me parece que se hacen demasiadas “inneCESAREAS“, que los protocolos se aplican demasiado a rajatabla y que se busca más la comodidad del médico que la de la parturienta. Se ha despersonalizado tanto, que ahí te mete mano todo cristo, sin presentarse ni nada en ocasiones, como si fueras un animal; prácticas como la episiotomía (pequeño corte en el periné para facilitar la salida del bebé) son demasiado frecuentes; dilatar tumbada es lo habitual y te miran con cara rara cuando sugieres otras posturas; oxitocina por sistema te rasuran y te ponen un enema por sistema… en resumen, que se pasan las recomendaciones de la OMS y sobre todo, los deseos de la parturienta muchas veces por el forro.

Yo no digo que todo tenga que ser como antaño, pues los avances técnicos bienvenidos sean. Son necesarios en ocasiones… pero lo que no me creo es que con las estadísticas en la mano, uno de cada cuatro partos sea necesario que acaben en cesárea, o lo que es lo mismo, que el 25% de las mujeres españolas no puedan parir por ellas mismas. Eso sin hablar de los partos instrumentalizados, de que 8 de cada 10 españolas que paren por vía vaginal necesiten la episiotomía. Es que no me salen los números.

El parto es normalmente (salvo casos como el mío) un proceso lento y el fracaso de los mismos muchísimas veces se debe a querer acelerarlos de maneras “antinaturales”. La naturaleza es sabia, y claro, se rebela cuando le quieren meter una prisa innecesaria.

Ya os digo que no soy precisamente un adalid del parto natural, según se entiende en ciertos círculos… pero os juro que las entiendo.

En mi caso no tengo ninguna queja porque a mí no me rasuraron, no me pusieron enema, no me metió mano hasta el conserje, no me pusieron oxitocina ni nada. De lo que no me libré fue de la episiotomía, pero sé que esperaron para hacerla a ver si podían evitarla y consideraron que mejor no arriesgarse. No sé qué hubiese pasado de no habérmela hecho, pero al menos no fue sin pensar y sin más. Pero también es verdad que fue así porque llegué con todo el trabajo hecho de casa y una vez ahí no les dio tiempo a nada. Si no, no sé cuál hubiese sido el resultado.

Mi consejo a las futuras parturientas es el siguiente; leed, informaros, sabed a lo que tenéis derecho y a lo que no, decidid qué es lo que queréis en un parto ideal… y luego olvidadlo y no os preocupéis. Lo que será, sólo lo sabréis el día del parto, cuando estéis en faena, y no es necesario pasarlo mal antes dándole vueltas a la cabeza. Es importante saber de antes porque en ese momento, muy probablemente tendréis que tomar decisiones y es mejor llevarlas tomadas de casa, cuando teníais la cabeza aún lúcida y no estábais doloridas. Pero no adelantéis acontecimientos, porque preocuparse en exceso no es bueno.

Un beso a todas y a todos. Si vais a ser padres, intentad comprender a vuestras parejas y recordad que la mejor manera de ayudar siempre será hacer lo que ella os diga que prefiera.

(puedes leer aquí sobre mi segundo parto)

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