Hoy os voy a contar cómo nació mi segunda hija. Este es el relato del parto de Mencía.

La bruja Lola puede estar tranquila; yo no le voy a quitar el puesto. Definitivamente no me puedo ganar la vida con mis intuiciones ¡Qué penoso! En fin, es lo que hay.

El embarazo hasta el octavo mes fue bueno no, lo siguiente. Con lo mal que lo pasé con Aldara que cuando no era una cosa era otra, éste, para compensar había sido de lo más tranquilo. Supimos muy pronto que era otra niña, para gran alegría mía, que era lo que realmente me apetecía. Ahí ya estaba claro que intuición no tenía ninguna: de preguntarme hubiese dicho que eran gemelos y que al menos uno era un chico.

Por lo demás, me llevaba una bonita coña marinera con mis amigas porque en este embarazo parecía que involucionaba: en vez de engordar, adelgazaba. Tanto, que conseguí llegar al final del embarazo con 1,5 kg de más únicamente. Como estaba todo estupendo, la cría crecía fantásticamente bien y a mí no me estaba de más, pues para qué quejarme. Estaba de 8 meses y había gente que me decía un “¡¡¡ah, pero qué estás embarazada!!!!”… pues sí, “ligeramente”. Porque no soy famosa, si no me hubiese pasado como a Raquel Mosquera que nadie se creía que estaba embarazada y tenía a toda la prensa del corazón poco menos que pidiéndole el predictor.

Fue llegar a los 8 meses y se jodió el invento: yo que había estado como una rosa, más feliz que chupillas empecé a encontrarme fatal. Y no era por el tripón (que seguía siendo bastante testimonial) ni por los calores (que no pasé más que el común de los mortales)… fue porque empezamos con las falsas alarmas a toooodas horas. Yo tenía la sensación de que en cualquier momento me ponía de parto y teníamos que correr. Con Aldara ya me advirtieron que con el segundo ya podía ir al hospital prontito porque si no, lo perdería por el camino. Así que como el capullín de mi cuerpo no hacía más que lanzarme señales, pues ahí estaba yo, atenta a la jugada.

Primero superamos con éxito el cumpleaños de la mayor el cinco de septiembre. La primera amenaza así seria fue el nueve-del nueve-de dosmilnueve. Después de una noche de contracciones sin parar, aunque de las que apenas dolían fui a ver a la matrona que me mandó de vuelta a mi casa. Falsa alarma. Yo me imaginaba que de parto no estaba porque aquello no dolía demasiado, pero me quedé más tranquila después de que me mirara. Pasado ese día, tuve muchos conatos más. Había días que me levantaba tronzada y que estaba todo el día para el arrastre, sin apenas fuerza para nada. ¡Yo sólo quería parir!

Pero no paría. Ni para atrás, paría. Estaba convencida de que iba a ponerme de parto a mitad de noche, como con Aldara, así que cada vez que llegaba la mañana y ahí estaba me desesperaba. “Mamá, aquí estoy, qué te creías… ” era la llamada de todos los santos días a mi madre. Realmente no estaba cumplida, aún me quedaba, pero como día sí y día no tenía síntomas de parto, era un tostón. Yo estaba completamente desesperada. ¡Qué ganas de dejar de estar en pack!

Y echaba mano de los dichos populares:

  • “andar mucho ayuda a que el bebé se encaje”… y yo me pegaba la mañana de picos pardos, con contracciones que apenas me sentaba cesaban ¡mierda!
  • “el chocolate con churros hace que el bebé se anime”… y Mencía a lo más que se animaba era a fundirme a patadas
  • “Subir escaleras es fenomenal”… para acabar agotada.

Ni flores.

Aldara nació al día y medio de terminar el Mundial de baloncesto en que fuimos medalla de oro. Pues nada, como esta vez había Europeo, estaba claro, hasta que no acabara yo no paría. Eso sí, medalla de oro, nos tocaba. Pues la medalla de oro ganamos, pero yo que no daba a luz. Pasó nuestro aniversario de bodas y yo no daba a luz. Y encima todo el mundo cuadrando agendas.. Mi hermana “pues tal día no que tengo una boda, este otro tampoco, que estoy de viaje”. La ginecóloga “este día estoy de congreso, de martes a jueves no te pongas de parto”… coñe, encima exigiendo.

Ya había perdido la esperanza por completo. Empezaba a pensar que no iba a tener a mi hija en brazos hasta que la mayor tuviera la mayoría de edad. Qué jartura, qué dolores continuos, qué pesadez, qué todo. El día de antes de dar a luz me fui con mis padres y con Aldara a dar un paseo por lo que fue el recinto de la Expo, a ver si se animaba la cosa. Había un parque para mayores con unos pedales para dar tipo bicicleta y ahí me puse yo. No tenía noticias sobre la efectividad del método, pero lo importante a estas alturas era ya participar. Y a la vuelta a casa, una inmensa luna llena de esas que daban miedo verlas me hizo pensar “si no me pongo hoy de parto, definitivamente dejaré de tenerle fe a la luna”. Menos mal que no me falló.

La noche fue de lo más tranquilo, aunque cuando me levanté tenía algún dolorcillo raro, distinto al de otros días. Pero sobre todo lo que era diferente era que al ir al baño había comenzado a echar el tapón mucoso. Recuerdo que pensé “¿hoy qué día es? Cinco. Bonito día para parir”. Fue exactamente lo mismo que pensé con Aldara, que también nació en ese mismo día, tres años y un mes antes.

Me fui al cole a llevar a la niña. Y por el camino me daban contracciones. Pero vamos, sólo eran ligeramente distintas de todo el rosario de síntomas que había tenido el mes anterior. O sea, que podía estar de parto, o podía ser que no. Me fui a desayunar con mi madre y la cosa parecía que iba a algún sitio, pero no terminaba de animarse. Lo mismo en casa, a la vuelta. Parecía que sí, que eran contracciones y que eran más fuertes que las de Braxton-Hicks (también conocidas como “las del guapo” o de “Brad Pitt”) pero eran muy irregulares y apenas duraban. Yo estaba deseando que se animara la cosa pero ni flores… aquello no tiraba para ningún lado. A eso de la una llamé a mi marido y le dije que en vez de ir a comer a nuestra casa que mejor viniera a la de mis padres que era donde yo estaba por si acaso. Pero un ratito más tarde la cosa se había calmado y yo ya me estaba desesperando. Para una vez que parecía que sí que sí… Pero nada. Con decir que a eso de las 3,30 o 4 de la tarde me bajé hasta el portal y me subí los ocho pisos de la casa andando a ver si así… Pero como lo del tapón me mosqueaba (aunque no quiere decir nada, en realidad, puedes echarlo hasta quince días antes de ponerte de parto. Lo que pasa que con la mayor no fue hasta el parto cuando salió, y eso me daba alguna esperanza), llamé a la matrona que me citó a las 5 en la clínica para echarme un vistazo.

Y allá que fuimos. Yo como una rosa, iba dándole explicaciones a mi marido de por dónde ir. Gira aquí, aquí hay obras, cámbiate de carril… vamos, haciendo de GPS, en mi línea. ¡Qué distinto de cuando fui en el parto de la mayor que iba vomitando cada vez que me daba una contracción!. En todo el trayecto (y por mor de las obras, fue largo) creo que tuve una y de las suaves. Convencida llegué de que me iba a mandar de vuelta a mi casa.

Entré por urgencias mientras mi marido se iba a aparcar. Estaba tan pichi que hasta le estuve dando mis datos a la de recepción mientras esperaba, y cuando entré con la matrona le dije que no tenía ni idea de si estaba de parto o la cosa se había parado. Gracias a dios, cuando me exploró me dijo que estaba ¡tachán! de cuatro centímetros. Que sí que estaba de parto, pero que me faltaba arrancar. En ese momento casi le doy un beso, le hago la ola o yo qué sé. Nos dieron habitación y subimos por el ascensor, yo por mi propio pie y sin un dolor ni medio. Después de ponerme ese sexi camisón abierto por detrás con el que enseñas el culo sí o sí me monitorizó y me rompió la bolsa. Justo después me volvió a examinar y … había dilatado otro centímetro más. En ¿cuánto? ¿cinco, diez minutos?. Fue a por la anestesista, que estaba ahí porque estaban atendiendo otro parto para ponerme la epidural. Y claro, me la pusieron sin ningún problema porque como no me dolía nada absolutamente no tenían que parar cada dos por tres. La anestesista lo flipaba porque decía “madre mía, otras con dos centímetros están ahí las pobres retorciéndose de dolor y tú aquí, tan feliz, así da gusto”. Pues sí, porque seguía sin dolerme en absoluto.

Entre medias yo llamando a mi madre para decirle que sí, que estaba de parto, que me quedaba, a una amiga, a mi marido para decirle donde leches estaba… y tan feliz.

En estas que pasó la ginecóloga que estaba atendiendo el parto anterior al mío, que no era la mía, pero son del mismo equipo. “Hombre, qué tal… qué bien, que hoy tienes a tu niña” y se despidió para ir al paritorio. La risa fue que en ese momento asomó por la puerta el marido de la parturienta anterior y resulta que la chica que estaba dando a luz antes era Elena, mi compañera de clases de preparación al parto. Casi me meo de la risa porque parecía que nos perseguíamos, coincidíamos en todos los sitios. Ahí estuvimos hablando hasta que tuvo que entrar en el paritorio para dar la bienvenida a su pequeña Aroa.

Vino mi matrona a verme y me dijo “si eso ahora te pondré un poco de oxitocina para ayudar a la dilatación… bueno, mejor no”. Eso fue después de que volviera a mirarme y viera que estaba ya de 7 centímetros. “Tienes para un cuarto de hora o así” ¿¿¿¿YA???? Como cinco minutos más tarde le dije a mi marido que la fuera a avisar porque tenía ganas de hacer caca y no creía que fuera eso. Efectivamente, era la pequeña que ya estaba abajo del todo haciendo fuerza para salir. Y la epidural sin hacer efecto.

Y nada, en un momento me llevaron al paritorio. Ahí fue cuando me pusieron un chute extra de “drojas” y empezó a ser útil la epidural. Hasta entonces me había comido las contracciones divertidas enteras y verdaderas. Pero no osaré quejarme… debieron ser ¿tres? ¿cuatro? contracciones malas y pare usted de contar. El caso es que me pillaron tan in albis que ni respiraciones ni leches, las aguanté como pude. Si hubiese sido una cosa progresiva, pues aún, pero es que vinieron así de repente.

Cuatro empujones y Mencía estaba en el mundo. Había entrado en el hospital a las 5 de la tarde y eran las 6,30. Todo un récord. La ginecóloga casi no llega… apareció vestida con la ropa de consulta, los zuecos, el casco de la moto y resoplando.

Lo mejor fueron las distintas versiones de mi parto que me fueron dando al día siguiente:

  • Elena (mi compañera de clases de preparación al parto): La clínica donde dimos a luz es muy chiquitina, sólo tiene ocho habitaciones en maternidad y un paritorio. Por lo visto cuando estaban terminando de asistir su parto, estaba todo el mundo alterado perdido diciendo “daos prisa, daos prisa, que a la que viene detrás se le cae!!!!”. Y Elena, que sabía de cómo había dado a luz a la mayor les decía “Sí, sí, que yo la conozco y es verdad… ¿Queréis que os ayude a recoger?”. Y yo me imaginaba la escena de la otra recién parida ofreciéndose a ponerse a barrer y me moría de la risa yo sola. Vaya par de dos. Y es que debía estar todo el mundo nerviosísimo por lo rápido que iba todo… yo por supuesto no me enteré de nada hasta que pasó.
  • De la ginecóloga de Elena: Al día siguiente me pasó a ver y me dice “Anda que tú… el parto de la gitana, que casi pierdes a tu hija por el camino. Pero si ayer me bajo a la consulta después de atender a tu amiga y me encuentro a tu ginecóloga que salía corriendo a todo correr. Y le digo… pero si la he dejado hace media hora poniéndole la epidural… y me dice pero que ya está…” ¡¡¡Menudo show!!!
  • De la anestesista: “Diez minutos más tarde, y no llegamos”
  • De mi matrona: “Pues tú menos mal que no sabías si estabas de parto…”

O sea, que tuve un parto rapidísimo, estupendísimo y esa misma tarde ya me levantaba tan feliz. Si no fuera porque hay que mantenerlos después, como para tener un equipo de fútbol.

No pensé que pudiese querer a alguien tanto como a Aldara… pero es cierto lo que te dicen. Que el amor se multiplica y enseguida ya no puedes volver a imaginar tu vida sin tu pequeña.

Mencía

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