Cuando mis hijas eran pequeñas disfrutaba horrores esto de llevarlas al cole. Aparcábamos un poco lejos porque a esas horas estaba todo petado y, como una reencarnación de las niñas de la Casa de la Pradera íbamos dando botecitos por el camino. Muy bucólico pastoril, sí. Por aquel entonces mis herederas tenían las manos diminutas y batas de Infantil. Cantábamos por el camino canciones inventadas como si estuviéramos locas y nos contábamos nuestras cosas. Ya os digo, muy bonito todo. ¿Que había que esperar en la puerta a que abrieran aunque nos congeláramos de frío? Vale. Por lo menos hablábamos con las madres. ¿Que vivía con el corazón en un vilo no fuera a ser que el típico día que no consigues aparcar ni a la de tres viniera la grúa o la policía? Pues también.

Taxi NY

Pero mis hijas han crecido. Sigo disfrutando de ellas, claro que sí, pero la cosa es infinitamente menos romántica. Aldara trató de contarme una cosa. Mencía le interrumpe (porque va a su bola) y la otra le contesta hecha una hidra. Canto. Y me dicen que estoy muy desfasada o que, ahí viene el puñal, que lo que canto es «de pequeños». Ser de pequeños es lo peor, de lo peor, de lo peor, parece ser. Una se enfada, la otra echa a correr, cuando no discuten. Sigo disfrutando de llevarlas al cole, aunque sus manos ya no quepan tan fácilmente en las mías y tenga que asumir dolorosamente que me quedan cuatro días en que van a ser pequeñas. Si es que todavía lo son, que esa es otra.

De lo que no disfruto, os lo puedo asegurar, pero ni una mijita es de esto que tenemos que hacer los padres abnegados por las tardes de llevar a nuestros hijos a las extraescolares. Cuando llega el principio de curso hay que cuadrar el sudoku con las actividades de tus churumbeles. Porque ya no es lo que te / les guste, y lo que puedas pagar ¡es que hay que elegir aquello que no suponga estar en dos sitios a la vez! Al menos mientras inventan el teletransporte o mientras tengas que llevarles tú. Decían de los presupuestos del estado ¡esto sí que es difícil!

Pero una vez que has decidido lo qué te espera un año de diversión absoluta y de cuadratura de círculos. Los lunes y miércoles, inglés, pero sólo la pequeña y por la tarde. La mayor el inglés lo hace los miércoles y viernes a la hora de comer, con lo que sale más tarde. Los martes y jueves, gimnasia rítmica. Un infierno, ya os lo digo. Pero en esta casa se hace inglés por imposición de mi marido y un deporte por decreto ley mío. El que quieran, el que más rabia les dé. Pero uno. Cambiar la gimnasia por el sillonball no es una opción.

Sólo acordarse de los horarios ya es para nota, pero es que luego hay que llevarlas y traerlas. Odio todos y cada uno de los minutos que me toca esperar en doble fila para cogerlas casi al vuelo y llevarlas al lugar donde tienen su actividad. Al final cuando bajan, corriendo una vez más (mis hijas son muy tranquilas y nunca tienen prisa para nada, así que salen del cole con toda la pachorra del mundo y nos viene justísimo) casi me dan ganas de gritarles «Miénteme y dime que me quieres».

Tol día corriendo... como Forrest pero sin la parte peliculera
Tol día corriendo… como Forrest pero sin la parte peliculera

2 Comentarios

  1. Yo no quiero verme así. Unos de los motivos por los que considero tan importante que el colegio de mi bichilla esté cerca de casa es porque odio tanto el coche que lo he vendido. ¡A todos lados andando! Y esto es un pueblo con cantidad de habitantes y coches para los pocos kilómetros que tiene, por lo que esas dobles filas de padres en las puertas escolares están a la orden del día y atascan toda la circulación en cantidad de calles. Y eso que sólo me tengo que ocupar de una, porque si tuviera más y encima con aficiones diferentes ¡a mi no me daría la vida para este trajín!

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