Si os soy sincera, cuando tuve a mis hijas no tenía absolutamente ninguna intención de dormir con ellas. Ninguna. En mi casa no es algo que se hiciera. Yo no recuerdo haber dormido con mis padres más allá de las veces que supongo que era estrictamente necesario por motivos logísticos: un viaje en el que toca dormir apretados porque se comparte espacio o situaciones similares. Las niñas teníamos nuestro espacio, cada una nuestra habitación, y mis padres el suyo, y ambos mundos no se tocaban.

No lo echaba de menos, la verdad, al menos en lo que recuerdo. Fui una niña con una vida interior muy rica y no especialmente miedosa y me gustaba dormir sola. Valoraba mucho ese espacio de intimidad, de hecho. Simplemente no teníamos en cuenta otras posibilidades… así que cuando yo fui madre ni me planteé dormir con mis hijas. Me parecía una marcianada, una locura, sobre todo porque hace 12 años no era tan habitual como ahora.

Con la mayor todo fue súper fácil; fue lo que se llama una niña trampa. Dormía fenomenal, se reguló prontísimo y no echaba de menos a nadie, así que desde el minuto cero durmió sola en su habitación sin mayores dramas.

Familia colechando

Y luego llegó Mencía. La que lloraba 10 horas al día y me tenía agotada y estresada todo el día. De día no podía descansar ni dos minutos así que cuando llegaba la noche a mí me pillaba agotaíca. Pronto se vio que aquello no era factible. Lo de que ella durmiera en su cuarto y yo en el mío iba a ser un rosario de viajes constantes y de mal dormir todos… así que me rendí a la evidencia de que teníamos que cambiar de estrategia. Y durmió conmigo. Yo me levantaba el pijama para dejarle acceso a la teta y estaba tan agotada que dormía toda la noche. Ella se enganchaba, comía y se volvía a dormir para despertarse por la mañana y seguir llorando a su bola todo el día.

Colechar me salvó la vida. Y la cordura. Y todo. No era una cuestión de querer o no querer, era una cuestión de supervivencia.

El caso es que aquello empezó siendo una necesidad y después de convirtió en una elección. Mi hija tenía muchísimo miedo a dormir sola. Necesitaba tener a alguien en su habitación, bien cerca de ella. Le servía en parte su hermana, pero no del todo, y sobre todo, es que no era su responsabilidad, era la mía. No quería cargarle a Aldara el mochuelo de una hermana que tiene miedo. Era MI mochuelo. Nos costó un montón que fuera capaz de verbalizar el que realmente era su imaginación desbocada la que se imaginaba en la noche monstruos y escenarios terroríficos. Mientras tanto yo le decía «no quiero que pases miedo, ante la duda, vienes. Yo nunca te voy a echar.»

Durante los años de infantil y principio de primaria sus profesores (a los que adoro en su mayoría, por cierto) cada cierto tiempo iban soltando perlas como que los niños no deberían dormir con sus padres, que cada uno debía dormir en su cuarto. Y lo peor, no es que lo dijeran, es que les preguntaban. Así que mis hijas se acostumbraron a mentir. Yo me enteré muy tarde porque de haberlo sabido hubiera ido a hablar con ellos para pedirles que dejaran de preguntarles. Cuando lo supe, mis hijas me rogaron explícitamente que no fuera. Mencía me miró y me dijo «Técnicamente no es mentir. Yo duermo en mi cama. Mi cama es tu cama». Seis años tenía, puro sentido común.

El caso es que no son unas niñas mentirosas. No han tenido mucha necesidad de recurrir a mentiras y en poquísimas ocasiones las he pillado en un renuncio. Pero aquí tanto la una como la otra mentían como bellacas y sin despeinarse. A mí me daba mucho que pensar. Creo que ellas lo sentían como una pregunta ilegítima, que sentían que no tenían derecho a hacerles, y por eso mentían. Yo ya os digo, me enteré tardísimo, así que creo que no las empujé a hacerlo. Hubiese ido a hablar con sus tutoras de cabeza porque no me gusta que mientan… para mí hubiera sido una solución muchísimo mejor.

La verdad, no me parece bien que los colegios se metan en un tema que es tremendamente personal. Ni en éste, ni en otros muchos, dicho sea de paso. Si no hay ningún problema, los niños están estupendamente debería ser un asunto que quede en la esfera de lo personal, de lo íntimo. Como duermen las familias es una cuestión cultural. En España nos apresuramos a sacar a los niños de nuestra cama (si es que lo estuvieron en algún momento), mientras que en otros países hablan de los beneficios de dormir juntos hasta edades mucho mayores. En Japón, por ejemplo, socialmente se da por hecho que las familias duermen juntos muchísimo tiempo e incluso «muchos dicen que a menudo duermen mejor en compañía que solos».

Practicar colecho con los bebés con ciertas precauciones es una práctica completamente segura. A pesar de todo, yo no quiero recomendarlo ni dejarlo de recomendar. A mí me encanta dormir con mis hijas y a mis hijas les encanta dormir conmigo… pero también es verdad que a veces amanezco molida porque especialmente la pequeña se mueve MUCHO. Aún así, a nosotras nos gusta dormir juntas y al resto del mundo le debería dar exactamente lo mismo. Es tan poco relevante como si duermo con camisón o pijama, o si me levanto por la noche a hacer pis o duermo del tirón. Las familias deberían dormir como les diera la realísima gana. Es el ámbito de lo privado.

Además, cada uno establece vínculos como le viene en gana con sus hijos, pero la intimidad que nos ha dado dormir juntas en nuestro caso creo que nos ha beneficiado más que perjudicado. Mis hijas y yo hablamos muchísimo. Tenemos mucha confianza y una relación muy estrecha. Creo que esto también es una consecuencia del colecho.

En todo caso, nadie está obligado a dormir con sus hijos si no les apetece… a mí me parece bien lo que cada uno haga. Lo único que pediría es que los coles dejaran de preguntarles insistentemente a los niños con quién duermen o con quién dejan de dormir. A nadie le importa.

4 COMENTARIOS

  1. Me he quedado muerta… no sabía que en el cole preguntaran eso. Porque a fin de cuentas, ¿Qué más les da?
    Esta tarde pregunto a las niñas. Yo también he practicado colecho por necesidad (me he identificado muchísimo contigo leyendo el post) y de vez en cuando «reincidimos», pero respeto la forma de hacer de cada familia y sobretodo no voy preguntando…

  2. Mi hija pequeña, llama a su cama «mi cama» y a la mía la llama «nuestra cama»… en 4 años no ha habido día que no haya dormido conmigo toda o parte de la noche (y lo a gusto que duermo yo con ella)

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